Notas para la presentación de “La fuerza de los débiles”

Por: Laura Caiselles
29 junio, 2021
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Plástico fluir o crujiente rajadura:
no importa el material de que se trate
siempre la misma potencialidad
de alguna forma de fractura
en la intimidad de una estructura:

esos dos mecanismos del fracaso
están en dura competencia por
la inadecuada y terrenal materia.
Si cede, concluimos que era dúctil,
si se rompe, es que era quebradiza.

Tratando de visualizar la realidad tri-
dimensional de la imperfección,
el vórtice de la dislocación,
y el torbellino de la división, imagino
la justeza y aptitud con que

suelen los átomos en fila rechazar
la menor desviación, negarse incluso
a reconocer o aceptar un módico
margen de decisión o iniciativa
individual.

Les basta y sobra con reacomodarse
una milésima de décima de angstrom,
y casi de inmediato el incompleto
medio-pliego de átomos diversos
queda fuera del juego. Los otros

ya se han recombinado y cierran filas.
Presiones y tensiones, un lenguaje
no exclusivo de la ingeniería. Parecen
casi infinitas las combinaciones, pero
los elementos básicos son pocos,

las leyes operantes siempre iguales; sólo
maneras diferentes de lidiar
con la dislocación e impedir la fractura:
y un rumor de que alguien logró algo,
en cuanto a cohesión, afinidad, unión.

La nueva ciencia de los materiales fuertes | Ruth Failinght (Trad. Mirta Rosenberg)

Empiezo mi invitación a la lectura del libro de Amador con este poema no solo porque a mi entender dice lo mismo que La fuerza de los débiles, aunque fuera publicado en EEUU hace décadas; sino también porque parte de lo que quiero rondar en este rato creo que en parte quiero decirlo con poemas. O, mejor dicho, intentando habitar esa razón poética que nos permite a veces ver de nuevo, cuando las palabras ya están algo gastadas.

El poder es un idioma, un modo determinado de articular los signos. Entrar al poder implica pues, o bien aprender un lenguaje, o bien inventar uno nuevo. Y existen particulares momentos instituyentes –como el que nos ocupa– en los que se logra, de hecho, cambiar los nombres de las cosas. Ese es un chispazo muy similar al de lo poético, y alberga mundos.

Agradezco mucho tener la ocasión de participar de la presentación de este libro porque leer a Amador es una de mis formas favoritas de pensar. Y lo es, precisamente, porque no da por hecho la relación entre las palabras y las cosas. Leer a Amador –como a buena parte de los autores y autoras que a una le interesan– es ir siguiendo el hilo de una de las maneras posibles de coser lo que ha ocurrido. Es dejar ser a la razón poética.

Agradezco también, de este libro, que su propuesta sea hacer balance, porque no lo hemos tenido. Es más: hemos evitado activamente el tenerlo, dentro de esa huida hacia delante en la que nos vemos inmersas cuando entramos en los ritmos y las lógicas en los que hemos estado atrapadas últimamente, como tan bien se diagnostica en estas páginas.

Y una cosa más que agradezco es el recordatorio de que un balance también es una cuestión de lenguaje. La misma realidad que vista desde una ventana se lee como éxito, desde otra podrá recibir el calificativo de fracaso. Podemos tener un éxito desde el punto de vista de la eficacia y un fracaso desde el punto de vista del proceso. Podemos tener un éxito desde el punto de vista de la hegemonía y un fracaso desde el punto de vista de la diversidad. Podemos tener un éxito desde el punto de vista de hoy y un fracaso desde el punto de vista de mañana, y viceversa.

Esto también es así porque siempre están ocurriendo varias cosas al mismo tiempo. Es más: porque a menudo varias cosas son verdad a la vez. Uno de los lenguajes del poder tiene que ver con el relato unívoco, con el encauzamiento de las muchas líneas de lo que hay y lo que pasa dentro de una sola vía de lectura. Otro, con el relato pragmático: el que no busca afinar su destreza para dar cuenta de algo, sino conducir a alguna parte.

(Inciso, hablando de relatos. Uno de los cambios fundamentales en nuestra manera de hacer política en los últimos tiempos tiene que ver con haber puesto en el centro lo comunicativo. Hay muchas reflexiones que se podrían hacer sobre esto, muchas grietas que se abrieron con ello, muchas consecuencias y derivas que en algún momento tendremos que analizar. Pero en este punto yo estaba pensando ahora en que también aquí se ha producido un cambio de lógica. En el 15M y en el comienzo del camino de Podemos, la centralidad de lo comunicativo era muy fértil porque permitía decir. Encontrábamos nombres nuevos que permitían ver mejor la realidad, acertábamos. Y con esos nombres certeros, se abría una ventana nueva, se lograba ver de otra forma, y se ampliaban así las posibilidades de respuesta y por tanto los mundos. Pero cuando empezamos a entrar en cotidiano quehacer dentro de la gran maquinaria, la destreza en la comunicación pasó a significar otra cosa: ya no se empleaba para decir, sino para no decir. No para acertar, sino para eludir, para esquivar estocadas. Del chispazo de lo poético pasamos, al enfrentarnos a la maquinaria, al pragmatismo de la retórica.

Es curioso, porque dentro de la dicotomía entre guerra de ataque y guerra de defensa que nos propone este libro, una podría pensar que decir se situaría en la guerra de ataque y no decir en la de defensa. Pero es justo a la inversa: decir era parte del magnífico descoloque de jugar en terreno propio y cambiarle el paisaje al otro a medida que pasaba. Luego entramos a combatir con armamento ajeno y aprendimos a disparar de otra forma. Ahora, como consecuencia, estamos huérfanos de espacios donde de verdad se hable. De espacios donde realmente se busquen los nombres de las cosas).

Es por eso que reivindicaba, para rondar este libro, la idea de razón poética. Ese concepto con el que María Zambrano quiso apuntar hacia la posibilidad de pensar de otra manera, fuera de la avasalladora luz con la que la racionalidad occidental desterró del reino de lo válido cualquier otra manera de conocimiento. La clave de bóveda de su intento de desentrañar “el haz de relaciones entre el poder, el saber y el amor” que constituye uno de los ejes de su obra. Una tríada por lo demás muy pertinente para todo lo que estamos pensando aquí.

Pero no es esa la única idea de Zambrano que me visitó mientras leía La fuerza de los débiles –tampoco es raro, porque a mí María me visita siempre–. Otra que se me aparecía insistente era aquello que decía de que, al lado de la historia de los hechos, necesitamos escribir también una “historia de las esperanzas”. Ella lo escribía desde una triste posguerra en la que la derrota lo era de demasiadas cosas, pero también en general. Como modo de mirar la historia del mundo: trazar la genealogía no solo de lo que se consiguió, sino también de lo que se intentó.

Pensaba yo, entonces, que este balance que tenemos pendiente puede ser, también, al menos en parte, una historia de las esperanzas. Una pregunta por cómo fue el hilado de los sueños, del deseo y de la voluntad. De qué modo se engendraron, dialogaron, se dieron relevos o se desterraron unas y otras y otras y otras y otras esperanzas.

En este año de aniversario del 15M una de mis preguntas recurrentes ha sido cómo podemos recordar sin monumentalizar. Un recordar que sea mantener las preguntas más que las respuestas, el motor más que el destino. El 15M fue extraordinario entre otras cosas por su carácter de paréntesis, de momento suspendido, de excepcionalidad –por ser una “zona temporalmente autónoma”, como acuñó bellamente Hakim Bey–. Y no tiene sentido anhelar la permanencia de lo excepcional: por su propia naturaleza, durar ya lo convierte en otra cosa. La traída y llevada diferencia entre instituyente e instituido no es mucho más que eso, escalas aparte. Con el efecto siempre acechante de la estructura no parece haber mucho más remedio que lidiar.

Aparte de eso, el caso es que también se toman decisiones. Por ejemplo, la de querer jugar en otro tablero. Concretamente, el que está en el centro de la mesa. Pasemos a hablar un poco, porque de eso va también La fuerza de los débiles, de la siguiente etapa, la de la operación que en el libro se llama “traducción a lo institucional”, un concepto que ofrece muchas vías interesantes para pensar.

De la entrada en lo institucional suelo destacar un estar fuera de sitio, una extrañeza, que constituía uno de los rasgos más llamativos y definitorios en la primera época. Esto ocurría para sí y para el otro. Para el otro, se trataba de percibirnos como disrupción, la inescapabilidad de que el mapa hubiera cambiado, la molestia cotidiana de toparse con gente que no correspondía al espacio que creían haber vedado para intrusos: esgrimían aquellos argumentos del “decoro” en absurdas pataletas para intentar no ya que nada se moviera, sino que nada pareciera moverse. Por otro lado, para sí –esto es, para nosotras y nosotros—este descoloque se formulaba cada día varias veces en la sensación de “qué demonios hago yo aquí”, en la pregunta de qué se había torcido en el orden de cosas para estar ocupando de pronto determinadas posiciones.

Ese descoloque, en sus distintas formas, hizo que de pronto fuera posible lo que antes no lo era. A veces, por puro error y desconocimiento hacíamos cosas equivocadas para el protocolo que acertaban de pleno en lo real. A veces, por limpia osadía rompíamos con lo mandado o lo previsto. En ese tiempo el “no saber” encontraba maneras de florecer. Y se valoraba.

Pero luego “aprendimos”. Hay modos de organizarse en los que el “no saber” difícilmente encuentra hueco. En casi todas las experiencias políticas –grandes o pequeñas en dimensión y aspiraciones– hay un punto de giro que tiene que ver con cerrarse al desborde. Pasa hasta en las mejores asambleas, como otra secuela de la duración y sus permanencias. Se nos va poniendo “la cara del que sabe”, como cantaba Chicho, y con esa misma cara vamos dejando fuera a quien no. Como si no hubiésemos puesto en valor hace un minuto nuestro estar-afuera-de-lo-pactado. El porqué es obvio: nos agarramos a lo que tenemos, a ese gusto del poder. Aunque sea desde las mejores intenciones: desde un “poder hacer”, desde un “saber mejor”. El problema es que el juez de eso siempre es uno mismo. Y que, al darse, impide que ocurra eso otro, tan bello y tan fértil, que Amador describe como “algo que aparece cada vez”: ese milagro de lo que está en potencia.

Pienso, por seguir con los poemas, en aquel en el que la polaca Wislawa Szymborska apunta a que “después de cada guerra / alguien tiene que limpiar”. Ese poema dice, casi al final: “Aquellos que sabían / de qué iba aquí la cosa / tendrán que dejar su lugar / a los que saben poco. / Y menos que poco. / E incluso prácticamente nada”. Ese dejar lugar a los que saben poco, y menos que poco, e incluso prácticamente nada, es una de las cosas que más nos cuestan del mundo, parece. Y creo que era uno de los aprendizajes que vivían en germen en el 15M, y uno de los que más valdría la pena recuperar. A menudo me pregunto qué cosas estarán pasando ahora mismo de las que no somos capaces de enterarnos por nuestro ensimismamiento, por “la cara del que sabe” que se nos ha puesto últimamente.

Para nada querría que esto se lea como un denostar la vía institucional de lo político. Le tengo mucha querencia al legado de la Ilustración: creo en la institución como garante de que no imperen la discrecionalidad y la búsqueda del beneficio individual, como protectora de lo que hemos decidido en común que valía la pena salvaguardar. Y más querencia todavía le tengo a los triunfos que vamos arrancando cuando logramos estar en espacios de gobierno y hacer algo con ellos. Y me parece que está claro que para poder hacer (políticas públicas, leyes, gestión) hay saberes necesarios. Que para poder entrar en determinados espacios de decisión hay que aceptar algunos pactos. Y que la experiencia jugando a lo político puede ayudar a batallar contra los monstruos enormes que tenemos enfrente.

Pero no está escrito en ningún sitio que eso lleve necesariamente aparejado poner guardianes en las puertas. Dice otro poema, en este caso de Pedro del Pozo: “Los dueños de las puertas son enemigos nuestros / es una mierda eso que dicen de que no hay enemigos / a cada centímetro que avanzamos conocemos a un nuevo enemigo / y los más antiguos que tengo / son los dueños de las puertas”.

Cabe contribuir a fomentar que se pueda dar también lo otro, la sacudida. Pero eso implica no atrapar. Eso implica no cooptar. Eso implica dejar espacio. Eso implica no moverse de nuevo en la lógica del miedo. Eso implica no disuadir. No olvidar que varias cosas pueden estar siendo verdad a la vez, que no necesitamos cancelar el desborde para seguir haciendo en lo institucional.

(Inciso, hablando de dualidades. Un matiz importante para esto probablemente sea el de recordar que no se puede estar en misa y repicando: no podemos ser las mismas personas en todas las posiciones. Un afuera que mantenga las batallas y ejerza la tensión necesaria también cuando estamos en disposición de gobernar [sea lo que sea esa primera persona del plural] no solo no es malo, es que es necesarísimo para que el tira y afloja de las fuerzas no caiga siempre hacia el lado de lo que se estanca. Si caemos en una situación a lo Amanece que no es poco en la que la secreta somos nosotros mismos, tampoco va a resultar muy bien la cosa, en términos de oxigenar las propias habitaciones. El desborde o es o no es. O se acoge o no se acoge. Es otra de esas cosas en las que no sirve de nada imitar la respuesta, solo vale entender la pregunta).

Personalmente, hablar de estas tensiones me despierta muchas contradicciones, no todas fáciles de llevar. Las reflexiones que se despegan y vuelan me cautivan, pero también conozco el batacazo contra los límites que supone intentar trabajar en lo institucional. Pienso, por ejemplo, en lo fácil que me resulta estar aquí charlando sobre esto, fluyendo en mi pensar y mi decir, en comparación a lo rematadamente difícil que me resultaba lidiar con los medios de comunicación masivos y los mensajes de las cloacas cuando mi cotidianeidad transcurría dentro de la lucha institucional y mi posición iba de eso. Siento, sí, que opté por lo sencillo al volver a este lugar: el del pensamiento y la escritura y el no estar dejándome las horas de la vida en batallas durísimas, dándome cabezazos contra los muros de lo posible-ahora-mismo. Y pienso también en que por supuesto que necesité aprender para poder hacer, y en que por supuesto que algo de “cara del que sabe” bien que se me puso y que no se me quita.

Hubo algo que me golpeó mucho al verlo por escrito en el libro. Esa frase que decía, hablando del 15M: “El mundo que queremos ganar está ya aquí, en la vida que nos estamos dando”. Reconocí esa vivencia, ese goce del pensar y el hacer en común que es central en determinadas formas de hacer política y que es tan fértil y tan bello. Y me cayó como una piedra encima de la cabeza el contraste de esa sensación con lo rematadamente mal que lo hemos pasado todas las personas que nos hemos metido en las dinámicas del asalto institucional: con esa máquina de picar vidas que constituyen los ritmos y las dinámicas de ese mundo.

La pregunta que más veces me hago quizá sea: “¿Pero era posible hacerlo de otro modo? ¿O el intento de incidir a escala masiva, material, legislativa, lleva necesariamente aparejadas las derivas que hemos vivido?”

Un término que rescata y trata de manejar Amador se me aparece como una línea de fuga posible para este pensamiento: la idea de “instituciones problema”, un giro más de la idea de mantener más viva la pregunta que la respuesta. Pienso que acercarse a ello tiene de nuevo que ver con la acogida al desborde: la articulación de modos de hacer que lo potencien sin cooptarlo. Por ejemplo, prestigiándolo, legitimándolo. Por ejemplo, no dando por hecho que el lugar importante es solo el de lo institucional: no marcando unos caminos determinados como caminos de éxito y todo lo demás como algo así como renuncias que de gente ingenua que ha optado por lo marginal. Reconocerse como piecita en un ecosistema, entender que lo del poder no es intrínseco sino una cuestión de posiciones, y también un idioma.

Es decir: validando, al fin y al cabo –y aquí cerramos volviendo a la tesis principal de este libro– otras formas de fuerza que no son las de las estructuras desde las que normalmente entendemos que se detenta. “No la misma fuerza empuñada desde abajo sino una de naturaleza diferente”.

Yo me aventuro a intentar apuntar el posible nombre de algunas de esas formas. La fuerza de lo inesperado, frente al aferrarse a la pauta de lo burocrático como único modo posible de eficacia. La fuerza de lo heterogéneo, frente al entregarse a la inercia de apisonadoras que nos parece a veces imprescindible para conseguir mayorías. La fuerza de lo no intercambiable, frente a la maquinaria de queme de personas que son valoradas por un resultado prefijado y no por la singularidad que pueden aportar al proceso. La fuerza de lo reinventado, de lo permanentemente reinventado, frente a la fijación de las estructuras.

(Inciso, hablando de reinventar. Estas fuerzas están presentes, por lo demás, en los tres ámbitos de pensamiento y acción política que más bullen en este tiempo: el feminismo, el ecologismo y lo vecinal. Ninguna de estas tres corrientes, de estas tres torrenteras, es asimilable ni intercambiable ni traducible al lenguaje de lo institucional. Pueden dialogar con él, conseguir cosas en ese diálogo. Pero tienen a la vez algo irreductible a sus lógicas, algo que ocurre necesariamente fuera y en tensión. De eso, creo, iría un poco la cosa).

Estamos en un momento en el que, cogiendo la razón poética por el lado de Brecht, “hablar sobre árboles parece un crimen / porque implica callar sobre tanta injusticia”. Entre la corriente de fondo de la apertura de la caja de los truenos del fascismo y la coyuntura desafortunada de una pandemia en cuya gestión la responsabilidad y el control social a veces se deslindan regular, se están poniendo nombres a las cosas y no son precisamente de los que abren puertas. Ante las muchas urgencias que nos apelan, a veces se nos olvida que detenernos un ratito y coger vuelo en el pensar no es desentenderse de los cambios en el plano de la realidad, sino intentar sentar las condiciones de posibilidad para cambios que miren hacia un tiempo que no termina ya mismo.

Libros como este son un regalo para acompañar ese vuelo que nos hace también tanta falta. Nos pueden ayudar, entre otras cosas, a ver mejor y poner en valor aquello de lo que está pasando que sí tenga radicalmente que ver con otras perspectivas, con otros lenguajes y con otros modos de establecer vínculos y formas de relacionarnos. Con esos “’nosotros’ que no preexisten” en los que quizá podamos encontrar, si los dejamos ser, la forma de juntarnos que estamos necesitando.

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Amador Fernández-Savater

Mezcla actividades intelectuales y políticas. Publicó un libro de ensayos en 1999 (Filosofía y acción, Editorialímite, Santander). Participa en la editorial Acuarela Libros desde su fundación hace ahora 10 años. Acuarela ha sido una de las primeras editoriales en proteger sistemáticamente sus libros con las licencias Creative Commons, con resultados muy positivos a todos los niveles. Ha co-dirigido los últimos años la revista Archipiélago y ha participado activamente en varios movimientos sociales (estudiantil, antiglobalización, copyleft, no a la guerra, V de Vivienda…). Es co-autor de un libro sobre la experiencia de la Red Ciudadana tras el 11-M (Acuarela Libros A. Machado, Madrid, 2008).

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